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El Gobierno registra la presión del FMI y trata de mostrar paz interna, pero embarra la chance de un acuerdo político

 

El Fondo reclama consenso. Se naturaliza entonces que el Presidente y el ministro de Economía expliquen que tienen aval de Cristina Kirchner. Se verá cómo es el juego cuando se conozcan los términos del ajuste. Y en paralelo, siguen las señales duras hacia la oposición

En la primera semana poselectoral, el FMI creyó conveniente repetir su mensaje. Predisposición al diálogo, por supuesto, pero sobre todo la demanda de una propuesta económica concreta y con aval político suficiente para avanzar en las tratativas por la deuda. En un país donde son naturalizadas situaciones extrañas, el ministro de Economía salió a decir que la negociación cuenta con el aval explícito de la Vicepresidenta. Martín Guzmán profundizó así lo que había dicho Alberto Fernández sobre el compromiso de todos los socios del Frente de Todos. Se trataría de dos señales simultáneas: una primera respuesta a ese reclamo central del Fondo y, a la vez, otro síntoma de la interna apenas en suspenso.

La otra vuelta de tuerca política que demanda el FMI es contar con el mayor consenso posible. Y la reacción frente a ese mensaje es el discurso del Gobierno, casi desafiante, que reclama un compromiso opositor -en especial, de Juntos por el Cambio- para respaldar el “plan plurianual” que sería enviado al Congreso en los primeros días de diciembre. Son pocos días los que restan: según deja trascender el propio Gobierno, primero deberían estar cerrados los lineamientos fundamentales con el Fondo, después debería pasar el filtro de la interna y por último aterrizar en Diputados.

En medios políticos, incluso algunos no lejanos a Olivos, circulan dudas sobre los tiempos locales, pero se destaca también el margen externo. Si el objetivo es tener resuelto el tema antes de fin de año, debería realizar el recorrido en velocidad. No más allá de los días previos a Navidad. Asoma difícil el camino y, al menos hasta ahora, el Presidente y el oficialismo en general complican y por momentos cierran el camino a un entendimiento con la oposición.

La insistencia sobre el aval de CFK en boca del principal negociador oficial lleva como implícito que hay una zona especialmente sensible y tiene que ver con el ajuste. Esa tensión y la crisis creciente se llevaron por delante el proyecto de Presupuesto. Un acuerdo de facilidades extendidas podrá ser más o menos exigente por consideraciones políticas de los países de mayor peso en la conducción del FMI, pero está claro que cuestiones como el déficit son básicas. Y eso remite sin escalas a rubros sensibles como tarifas y subsidios.

La reacción del Presidente después de la derrota electoral expuso otra vez el conflicto interno y a la vez resultó funcional a CFK por lo menos en un aspecto: tratar de amortiguar el impacto, al extremo de hablar de triunfo y, sobre todo, de ignorar el sentido amplio y crítico que expresa el voto de dos tercios del electorado. Todos los pasos posteriores fueron difundidos como avances para marcarle la cancha a la ex presidente, con respaldo de una franja del PJ, jefes sindicales y movimientos sociales aliados.

El silencio o bajo perfil de CFK puede significar un repliegue, pero no parece que lo sea en términos absolutos. El impacto de la derrota es duro, pero afecta a todo el frente oficialista, empezando por el Presidente en una elección de medio término. Los dichos de Alberto Fernández y Guzmán sobre su aval a las tratativas por la deuda expresan que la ex presidente ejerce un papel de monitoreo. De mínima, sugiere capacidad de veto o poder para poner en crisis decisiones de Olivos. No hay caminos lineales en la derrota sino tal vez mayor sinuosidad.

El Presidente, como ya lo hizo al dinamitar puentes con la oposición en tiempos de la cuarentena, parece no advertir que la relación con otros espacios políticos puede incidir en ese juego desgastante de la interna del poder. Desde la noche de la derrota hasta ahora, los gestos del oficialismo hacia la oposición apuntaron a cerrar puertas en lugar de abrirlas. La expresión más reciente es la ofensiva para consagrar decenas de DNU en el Congreso.

Entre los presupuestos para cualquier acuerdo político, se cuentan al menos tres puntos: en primer lugar, la construcción de un clima de entendimiento; en segundo término, las negociaciones reservadas, y finalmente, la convocatoria formal a cada espacio para que defina sus representantes políticos y técnicos. Todo, precedido por una lectura realista del propio lugar del oficialismo en el tablero.

Eso último es realmente llamativo. Alberto Fernández también en este terreno expresó síntomas de no asimilar el resultado electoral. Sus discursos del domingo a la noche y del acto del Día de la Militancia, el miércoles pasado, estuvieron cargados de palabras ásperas contra la oposición. Incluso, seleccionó o descartó posibles asistentes a un impreciso diálogo, como si estuviera buscando aliados y no representación orgánica de las coaliciones o partidos opositores.

Por supuesto, esto facilita la posición asumida hasta ahora por JxC. Dicho de otra forma, si el Presidente aspiraba a trabajar sobre las visibles internas de la oposición, el resultado sería inverso. Referentes de los distintos sectores -enredados ahora en la definición de autoridades de bloques e interbloques- coinciden en una respuesta: antes que nada, reclaman que la propuesta que llegue a sus escritorios tenga el aval de todos los socios del oficialismo. No quieren quedar en medio de batallas domésticas ajenas.

Hasta ahora, nada expresa clima de acuerdo, sino prevenciones.

 

 
 
 
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